Cada mes de abril desde hace ciento treinta años el norte de Francia se convierte en el escenario de una carrera ciclista tan respetada y temida como esperada y deseada: la Paris-Roubaix. Sobre adoquines que vieron marchar con paso marcial a las legiones romanas, que sufrieron bajo el fuego de la Gran Guerra y que hoy resisten al asfalto como testigos obstinados del pasado se volvió a escribir el domingo un nuevo capítulo de una historia llena de épica.
Todo comenzó a las afueras de la ciudad de la luz, en Compiègne, con el pelotón rodando hacia el norte bajo un cielo gris típico de la región. Los primeros kilómetros sobre asfalto moderno fueron un año más el engañoso preludio antes de que el infierno se desatara sobre los caminos empedrados que son seña de identidad de esta competición. Porque los adoquines de la Roubaix no son simples piedras. Sus orígenes se remontan en algunos casos a las calzadas construidas por los romanos para unir su vasto imperio. Aquellas vías sobrevivieron siglos. Con el tiempo llegó el asfalto como símbolo de modernización y reconstrucción tras las devastaciones bélicas. Pero en esa zona de Francia muchos caminos empedrados resistieron.
Esos mismos caminos fueron testigos de la Primera Guerra Mundial. En 1919, el regreso de la París-Roubaix tras el armisticio tuvo como escenario un paisaje de pesadilla hecho de cráteres de obuses, trincheras abandonadas, restos de alambre de espino y campos embarrados sin atisbo alguno de vida. Una visión dantesca que está en el origen del apelativo de “Infierno del Norte” por el que se conoce a la carrera desde entonces.
Hoy los sectores de 'pavé' evocan aquel horror de forma diferente. Los ciclistas no esquivan balas pero sí baches que pueden romper bicicletas y huesos mientras a su alrededor el viento silba como amenazadoras balas. Pinchazos y caídas se suceden sin distinguir entre favoritos y comparsas, entre campeones y gregarios, como si fuesen causados por un francotirador del lejano conflicto bélico. Este año sus disparos alcanzaron en uno u otro momento a los tres máximos favoritos: Mathieu van der Poel, Tadej Pogačar y Wout van Aert.
El primero en verse obligado a poner pie a tierra fue el esloveno. Tuvo que hacerlo hasta en tres ocasiones entre pinchazos y cambios de bicicleta durante la primera mitad de la carrera. También el belga sufrió la desasosegante sensación de rodar sobre una goma desinchada cuando faltaban aún cerca de ciento cincuenta kilómetros para el final. Ambos consiguieron recuperar el terreno perdido para estar en el cada vez menos numeroso pelotón principal cuando hacia falta, a las puertas del tramo de Aremberg. Un sector adoquinado recto como una vía romana y traicionero como una trinchera. Ahí la víctima fue el neerlandés. En el peor momento. Cuando la carrera se lanza para no detenerse aunque todavía queden más de noventa kilómetros por recorrer.
Mientras Van de Poel perdía más de un minuto tratando de conseguir otra montura el grupo de cabeza se rompió en mil pedazos como si hubiese sufrido un impacto artillero. El proyectil que causó la explosión fue una brusca aceleración de Van Aert. Pogačar respondió. Sólo otros siete consiguieron resistir. El resto los vieron desaparecer entre el polvo levantado a su veloz paso por los resecos adoquines.
En los siguientes cuarenta kilómetros el cruel francotirador continuó haciendo dianas. Ganna fue su objetivo en dos ocasiones. Acabó desistiendo tras caer como abatido por una bala perdida. Van Aert y Pogačar pincharon otra vez pero se volvieron a recuperar. A sesenta kilómetros de la llegada estaban de nuevo en el selecto grupo de cabeza. Tras ellos Van der Poel no se rendía, se había ido acercando y rodaba apenas veinte segundos por detrás.
Entonces, justo cuando se iba a entrar en el sector adoquinado número 12, los 2700 metros de Auchy-lez-Orchies à Bersée, Van Aert lanzó un fortísimo ataque al que sólo Pogačar fue capaz de replicar. Los dos se quedaron solos con cincuenta kilómetros por delante y la amenaza del irreductible Van der Poel por detrás.
El duelo estaba servido. Al frente el campeón del mundo en busca de completar su colección de monumentos para unirse en la historia a los tres únicos capaces de conseguirlo, todos ellos belgas: Van Looy, De Vlaeminck y Merckx. Junto él un compatriota de ese trío de leyendas dispuesto a evitarlo logrando un triunfo que deseaba más que nadie. Persiguiéndoles el ganador de los tres años anteriores tratando de lograr lo que nadie había hecho nunca, vencer cuatro veces consecutivas. No lo iba a conseguir.
La victoria se la jugarían entre Pogačar y Van Aert. El esloveno se enfrentaba al lugarteniente de su gran rival en el Tour. El ciclista que le hizo reventar subiendo Hautacam la primera vez que perdió la gran ronda gala. El mismo que la última vez que la ganó le dejó atrás en las empinadas cuestas adoquinadas de Montmartre, impidiéndole coronar su éxito venciendo también en París. Tenía que descolgarlo pero no pudo por más que lo intentó. El belga se aferró a su rueda consciente de que si aguantaba le esperaba una recompensa que necesitaba. Por él y por el compañero caído en ese mismo campo de batalla ocho años antes, cuando siendo un debutante descubríó el mismo día la fascinación y el miedo que sólo un escenario tan infernal puede provocar.
Superados en compañía Mons-en-Pévèle y el Carrefour de l’Arbre les esperaba el velódromo de Roubaix. Después de más de dos cincuenta kilómetros de carrera, cerca de cincuenta y cinco de ellos sobre torturadores adoquines, todo se iba a decidir en unos pocos metros sobre liso cemento.
Los dos llegaron juntos. Exhaustos pero erguidos. Pogačar en cabeza, tenso y vigilante, consciente de la mayor rapidez de su rival. Van Aert a su rueda, paciente y calculador, esperando su momento. Llegó tras el toque de campana. Un último acelerón en el que se unieron deseo y necesidad. Quería ganar esa carrera más que ninguna otra. Por él y sobre todo por Michael Goolaerts. Lo consiguió por ambos señalando al cielo mientras cruzaba triunfal la meta del infierno.
Fue el final perfecto. Dramático, poético. Con raices en el pasado y proyectado al futuro. Van Aert, primero. Pogačar, segundo. El ciclista perseguido en los últimos años por el infortunio conquistaba su primera París-Roubaix al séptimo intento y se la dedicaba al amigo fallecido. El gran dominador del ciclismo mundial se tenía que conformar con repetir el resultado de su extraordinario debut del año anterior. Su derrota es el mayor aliciente para empezar a pensar ya en la París-Roubaix del 2027. Porque seguro que lo volverá a intentar.