Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean

VERANOS DE HÍPICO

Recuerdos de cuatro décadas del concurso de saltos de Gijón

Algunos de mis primeros recuerdos deportivos datan del inicio de la década de los setenta y arrancan con una muy curiosa mezcla de ciclismo y equitación. Recién cumplidos los nueve años, acompañaba a mi padre en su tradicional cita con el concurso ecuestre de saltos que se celebra en el recinto de Las Mestas. “La gemela Ocaña-Fuente va a pagar poco” bromeaba uno de sus amigos, también aficionado al ciclismo como mi progenitor, cuando analizaban las opciones de caballos y jinetes ante la siguiente serie de apuestas, una de las características diferenciadoras del hípico gijonés. Corría el verano de 1973 y el conquense dominaba aquel Tour de Francia ante la ausencia de su gran rival, el ‘monstruo’ Merckx, que ese año había vencido en la Vuelta y el Giro. Con más de un cuarto de hora de ventaja al final de las tres semanas de competición, el triunfo de Ocaña era rotundo. Pero la segunda plaza, que parecía destinada al asturiano, finalmente acababa en poder del francés Bernard Thévenet, mientras que el ‘Tarangu’ tenía que conformarse con la tercera posición.

Resumen Tour de Francia 1973, 1ª parte

Resumen Tour de Francia 1973, 2ª parte

Así que, después de todo, dar con la ‘gemela’ ganadora (acertar los dos primeros clasificados en una ‘serie’ del concurso ecuestre) no era tan fácil como parecía en aquel Tour. Y eso era lo que ocurría casi siempre en el hípico. Para mi infantil frustración, lo más habitual era que un leve roce del caballo al que habíamos apostado causara un inoportuno derribo que lo apartaba del triunfo, mientras otro participante, del que no habíamos comprado boleto, golpeaba la barra con más fuerza pero, no se sabe como, el ‘palo’ se mantenía en su sitio y arruinaba nuestras opciones de victoria. ¡Daba igual! Al fin y al cabo las cantidades apostadas eran pequeñas (la ‘serie’ costaba diez pesetas, la ‘gemela’ cinco duros) y, más allá de ganancias y pérdidas, lo que me enganchaba desde el primer momento era aquel espectáculo lleno de acción y color. Me fascinaba la pericia de los jinetes guiando sus monturas por el intrincado laberinto formado por llamativos obstáculos, que parecían extrañas plantas llenas de flores creciendo de forma desordenada en el impecable césped de la pista… ese “verde de Las Mestas”, como suele decir aún hoy día el locutor a través de los altavoces, cuando anuncia el nombre de alguno de los competidores más destacados.

En aquellos años, el concurso gijonés contaba ya con treinta años de historia y tenía carácter internacional desde hacía más de diez, aunque en las primeras ediciones a las que acudí como espectador estaba lejos de atraer una participación del máximo nivel. Los jinetes procedentes de las grandes potencias de la hípica europea eran pocos y, por lo general, de segunda o tercera fila. El protagonismo se lo repartían principalmente los españoles y los portugueses. Representando a uno y otro país había dos que se convirtieron pronto en mis preferidos y en los favoritos de la mayoría de las apuestas: Luis Álvarez Cervera y Manuel Malta Da Costa. El español contraponía una singular mezcla de arrojo y clase a la esmerada técnica del elegante portugués, que no descomponía la figura sobre el caballo por apurada que fuese la situación a la hora de encarar cualquier salto decisivo. Con estilo muy diferente, ambos rivalizaban en su habilidad para ‘recortar’ con éxito donde otros ni siquiera se atrevían a intentarlo, arañando segundos al crono a costa de encarar los obstáculos desde más cerca y con más riesgo de cometer un derribo. Durante cuatro años, del 76 al 79, Álvarez Cervera y Malta da Costa se repartieron el triunfo en la prueba más importante del concurso, el siempre muy esperado ‘Gran Premio’, la competición de recorrido más complejo y obstáculos con mayor altura. Dos veces se impuso el madrileño, otras dos el luso. En las cuatro ocasiones celebré sus triunfos con la doble satisfacción de asistir a la victoria de uno de mis preferidos y, además, haber acertado en la apuesta de ‘ganador total de prueba’. Las ganancias en todos los casos fueron escasas, al fin y al cabo tanto uno como otro eran los favoritos y, por tanto, los más ‘cargados’ de boletos. Información que comprobábamos en la pizarra situada tras la tribuna de preferencia. Ese era siempre el punto de reunión de los aficionados más entendidos, que esperaban con paciencia a que el muy veterano encargado de rellenar las casillas con los diferentes datos completase su labor, escribiendo cada número con el esmero de un amanuense, tiza en mano en lugar de pluma.

A pies de esa tribuna, encaramados a unos escalones de cemento situados en su base, seguíamos como podíamos la competición mientras mi padre soñaba con poder permitirse algún día la entrada para uno de los ‘palcos’, situados más arriba y desde los que se veía la pista mejor, y con más comodidad. Entonces, su sueldo de oficinista, casado y con tres hijos pequeños, no daba para ello por mucho que los precios no fueran tan exorbitantes como en otros concursos de un deporte, asociado siempre a las clases sociales más pudientes, que en Gijón era accesible prácticamente para todos los públicos. Unos años después, ya con mi contribución y la de mis dos hermanos, accederíamos entre todos a ese ansiado espacio (que pese a su glamoroso nombre es, en realidad, un estrecho cubículo con seis sillas de madera), desde el que seguimos cada año las pruebas de un hípico que ha cambiado muchísimo en las más de cuatro décadas que han pasado desde mis primeros recuerdos de Las Mestas.

Antes tendrían que transcurrir unos cuantos años, muchos de los cuales, cuando ya era un adolescente y acudía por mi cuenta a Las Mestas desde primeras horas de la mañana, viví desde la tribuna de enfrente, la de ‘general’. En esta los asientos eran gratis pero, por eso mismo, no estaban reservados. Así que cuando al terminar una de las series, te levantabas para ir a apostar, dar un paseo o ir a tomar algo, sabías que a la vuelta tendrías que buscar acomodo en otro espacio de aquel graderío descubierto. Una tribuna, de hormigón blanco, que el sol achicharraba sin piedad cuando se decidía a acudir a la cita y la lluvia empapaba de modo igualmente inmisericorde cada vez que hacía una de sus muy habituales visitas al verano gijonés.


Esa época, la de los ochenta, marcó el despegue del concurso hacía otro sueño, este más colectivo, alcanzar el entonces poco menos que mítico status de ‘CHIO’, siglas en las que la última significaba ‘Oficial’ y designaba al evento de saltos más importante de cada país dentro del ámbito internacional: el que acoge la ‘Copa de Naciones’. Para lograrlo, el de Gijón fue elevando el nivel de los participantes y ello nos permitió disfrutar por primera vez en directo de algunos de los grandes jinetes que hasta entonces habíamos visto en las pocas ocasiones que la hípica tenía espacio en televisión. Entre ellos, aunque su participación fuese apenas testimonial, tuvimos el privilegio de asistir a algunos de los últimos saltos de dos auténticas leyendas de la hípica, el italiano Piero D’Inzeo y el alemán Hans Günter Winkler, ambos ya en el ocaso de sus largas y muy brillantes carreras deportivas.

Más exitoso, y también controvertido, fue el paso por Gijón de los hermanos Fuchs, Markus y Thomas. Dos jinetes suizos, tremendamente competitivos, que se hincharon a ganar pruebas pero cometieron en una de sus participaciones el peor pecado para el aficionado gijonés, despreciar el significado de las apuestas. Descontentos con el recorrido de un ‘Gran Premio’, que consideraban peligroso al disputarse en uno de esos días de intensa lluvia, que contribuye a que el verde de las Mestas sea tan brillante pero esa vez lo dejaba hecho un auténtico lodazal, salieron a la pista para retirarse de inmediato bajo una monumental bronca, provocando un enfado que tardaría años en ser olvidado. Finalmente, su enorme clase y su entrega cada vez que afrontaban los obstáculos, tornaría los pitos en aplausos.


Mucho mejor recuerdo dejaron desde el principio los británicos cuando enviaron a su primer equipo, con los legendarios Malcolm Pyrah y Nick Skelton a la cabeza. Dos jinetes de estilo diferente, más agresivo Pyrah, más sobrio Skelton, pero igualmente eficaz, con una monta tan fluida que no requería ser un experto para apreciarla y admirar su maestría. Precisamente ambos, junto a sus compañeros de equipo, el extraordinario John Whitaker, otro grande de la hípica mundial que por fin pudimos ver de cerca, y la fantástica Janet Hunter, que guiaba sus caballos con guante de seda y parecía flotar sobre cada obstáculo, dominaron con autoridad la primera edición de la copa de Naciones, la competición por equipos del anhelado ‘CHIO’, que se celebró, por fin, en 1987.

Entonces, justo cuando parecía que todo iba a ir cada vez mejor, la plaga de la peste equina dejó a España fuera del calendario internacional del deporte ecuestre hasta la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992. Fue un paréntesis sin estrellas extranjeras en las Mestas del que nos resarcimos a lo grande en 1993 con la disputa en Gijón del Campeonato de Europa Absoluto. Aunque la competición resultase todo un incordio para los que acudían al hípico atraídos sobre todo por las apuestas, relegadas a segundo plano por una vez, quienes disfrutábamos más del espectáculo puramente deportivo estuvimos en la gloria durante unos días. Casi lo de menos fue el resultado, con victoria para el finísimo suizo Willi Melliger, que triunfó también en la Copa de Naciones junto a sus compatriotas Thomas Fuchs, Stefan Lauber y la británica, pero helvética por matrimonio, Lesley McNaught. Lo mejor fue ver competir en ‘nuestra pista’ a los mejores jinetes del continente. Los siempre rápidos holandeses, con el explosivo Piet Raymakers, al ataque en cada salto. Los elegantes franceses, con Michel Robert engañando a la vista y el cronómetro a base de recorrer siempre menos terreno pese a no parecer ir tan deprisa como su mucho más incisivo compañero Hervé Godignon. Los ya conocidos británicos, siempre competitivos con Skelton ejerciendo de indiscutible líder. Los alemanes, pese a que ni a los grandes Ludger Beerbaum y Frank Sloothaak les salieron las cosas como estaban acostumbrados. Fue una auténtica fiesta que disfrutamos de principio a fin y nos confirmó lo que habíamos empezado a atisbar veinte años antes, la hípica era una espectáculo extraordinario.

Inevitablemente, cualquier cosa que viniese después ya nos iba a saber a menos, por mucho que los siguientes CHIOs (o CSIOs como pasaron a llamarse) tuviesen un alto nivel, al menos en los años que completaron la década de los noventa y el siglo veinte, con mención especial para la irrupción de las amazonas estadounidenses, con Alison Firestone como principal exponente de un estilo muy propio de su país, siempre al ataque. Y, sobre todo, de la edición del 99, con la final del circuito Samsung como guinda y victoria individual para otro mito del deporte ecuestre, el germano Ludger Beerbaum.


De todas formas, poco a poco al principio, de forma más acusada después, el nivel deportivo empezó a bajar con la llegada del nuevo milenio. El anhelado estatus de ser el concurso ‘oficial’ de España se fue convirtiendo en un lastre hasta acabar haciendo realidad ese pesimista adagio de ‘ten cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad’. La causa es que a los ‘CSIO’ acuden los jinetes que selecciona la federación de cada país. Y con otros concursos europeos ofreciendo premios mucho más sustanciosos que el gijonés, conocido además por su longitud, su dureza y su peculiaridad de permitir las apuestas, cuya presencia condiciona los horarios y hace que el público no sea, en ocasiones, todo lo respetuoso que debiera, el atractivo de acudir a Las Mestas fue descendiendo. Los equipos de los principales países se fueron llenando cada vez más de jóvenes promesas, de jinetes de segundo nivel o de veteranos de primera fila que acuden con caballos noveles y la única intención de probarlos. Por todo ello, aunque en los carteles siguió apareciendo, orgulloso, el indicativo de ‘cinco estrellas’, la máxima calificación para un concurso de saltos, la realidad es que en la última década la participación apenas si ha estado a la altura de tener dos o tres.

Eso sí, curiosamente casi a la vez que se producía ese progresivo declive deportivo del concurso, iba mejorando el aspecto y calidad de las ya veteranas instalaciones, que han sufrido una notable remodelación con el paso del tiempo para adaptarse a las cada vez mayores exigencias de un público que busca algo más que ‘sólo’ ver saltar a los caballos. Porque si bien es cierto que en ninguna edición faltaba una numerosa presencia de aficionados, también es incuestionable que el número de espectadores fue aumentando especialmente a medida que ir al hípico se convirtió definitivamente en uno más de los acontecimientos ineludibles del verano gijonés. Lo mismo que la ‘Feria de Muestras’, la ‘Semana Negra’, los conciertos de la ‘Semana Grande’ o la ‘noche de los Fuegos’, ir a Las Mestas es algo que ‘hay que hacer’, te interese o no el deporte, te gusten o no los caballos. Es ya un 'acto social', uno de esos sitios en los que ‘ver y dejarse ver’. Se trata principalmente de pasar la tarde, tomar algo en los cada vez más numerosos establecimientos hosteleros que se instalan en el recinto, y probar suerte apostando unos euros para darle emoción a ese espectáculo un tanto extraño de jinetes y caballos saltando sobre coloridos obstáculos. Así ocurre que la otrora anhelada Copa de Naciones ha pasado a convertirse poco menos que un incordio en el programa, relegada a un temprano inicio en la jornada del viernes. Por ser una prueba sin apuestas hay que ‘quitarla de en medio’ antes de las seis de la tarde, hora en la que llegan la gran mayoría de espectadores. Se da entonces la curiosa circunstancia de que las gradas están repletas mientras se celebra una prueba de las denominadas ‘pequeñas’, pero en la que se puede apostar, mientras que en las horas previas apenas si han ocupado las tribunas unos pocos aficionados durante la competición principal y razón de ser del CSIO.

En esa transformación del concurso también se han ido quedando por el camino un buen número de pruebas que le daban variedad pero resultaban menos interesantes para el apostante o menos comprensibles para el aficionado ocasional. Una evolución en la que también ha tenido que ver la progresiva homogeneización de los baremos que rigen las competiciones y las mayores exigencias en temas de seguridad y salud de los caballos vigentes hoy día. Así, se han quedado por el camino las tremendamente espectaculares pero, también, durísimas y muy exigentes, pruebas de potencia, en las que los caballos se enfrentaban al temible muro (un obstáculo que semejaba una muralla, aunque estuviese construido de madera y cartón piedra), cuya altura superó en ocasiones los dos metros. Ya son poco menos que historia también las siempre frenéticas ‘americanas’, en las que velocidad y agilidad se tenían que combinar con limpieza, ya que un derribo significaba no poder continuar. No queda ni rastro de las siempre imprevisibles ‘elija sus puntos’, en las que era decisiva la inteligencia del jinete para encontrar la mejor estrategia a la hora de definir un recorrido que le otorgase más puntuación en el mismo tiempo. Apenas si aparecen de vez en cuando las ‘dificultades progresivas’, con sus recorridos en continuo aumento de complejidad. Y se ven ya muy poco las espectaculares ‘cazas’, denominación popular para las competiciones de velocidad y manejabilidad regidas por el baremo C.

Este último siempre fue uno de mis favoritos como espectador, y hasta como apostante en mis tiempos jóvenes. Sabías que los binomios formados por los caballos más rápidos y los jinetes más hábiles o más valientes siempre iban a estar delante, pudiendo compensar a base de rapidez y recortes algún posible derribo, cuyas consecuencias se medían en segundos añadidos al tiempo final y, por tanto, no eran insuperables como en el caso de los cuatro puntos por falta del cada vez más omnipresente baremo A, que premia ante todo el recorrido sin ‘toques’. De aquellas ‘cazas’ recuerdo especialmente a uno de sus más grandes protagonistas en los 80, el irlandés Paul Darragh, auténtico rey de las pruebas de velocidad durante varios años en el recinto de las Mestas. Vestido con la clásica chaqueta verde que recuerda a las praderas de la isla esmeralda, el menudo jinete de Killiney, salía siempre a la pista decidido a buscar la victoria, con un estilo lleno de empuje que hacía volar a sus caballos camino de la victoria.


Y hablando de recuerdos y de caballos, la memoria salta, como no podía ser de otra forma, y me lleva a rememorar a mi favorito cuando era un chaval, el inolvidable Romeo, con el que Álvarez Cervera conquistaba la victoria con el mismo ímpetu, y mucho más éxito además, que el famoso personaje del drama de Shakespeare a quien debía el nombre su montura y cuya búsqueda del amor de la ansiada Julieta no llegaba a tan buen puerto. O el fantástico Santa Klaus, que parecía flotar sobre los obstáculos, blanco y etereo como un copo de nieve, pese a su enorme tamaño. Mucho más liviano y menudo, pero de corazón enorme, era otro caballo inolvidable, Kaoua, ganador del Gran Premio con el avilesino Alberto Honrubia en 1983, un año antes de completar a cero el recorrido en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Herederos de ambos han sido en los últimos tiempos otro jinete asturiano, Sergio Álvarez Moya, y su montura, el magnífico y precioso Carlo, que sigue en liza a sus diecisiete años aunque, me temo, lo hayamos visto despedirse de Las Mestas con un par de derribos en la primera manga del Gran Premio con el que se cerró, el primer domingo de septiembre, el concurso del 2018.

Un Gran Premio que, llevándome cuarenta años atrás por unos instantes, estuvo cerca de ganar el hijo de Álvarez Cervera, Eduardo Álvarez Aznar, a base de hacer uno de esos recortes que sólo su padre, o su gran rival de entonces, Malta da Costa, y pocos otros después se han atrevido a hacer. Sin embargo, cuando ya estaba batiendo con claridad al cronómetro, un leve roce fue suficiente para que la barra del último obstáculo se saliera de su soporte y, al caer al suelo con estrépito, tirara por tierra las opciones de victoria del heredero de mi ídolo de infancia hípica. Destino similar al que sufriría instantes más tarde, y en su caso en el penúltimo obstáculo, el último participante, precisamente el jinete foráneo con mejor ranking de los que acudieron a Las Mestas este año, el galo Kevin Staut. Pero en un concurso que acabó con el equipo de Francia ocupando la octava (y antepenúltima) posición en una Copa de Naciones que ganan prácticamente una vez de cada dos, estaba claro que nuestros vecinos de más allá de los Pirineos no tenían la suerte de cara. Así que con Carlo cayendo en la fase previa, el prometedor Harry Charles (hijo de un clásico del equipo británico, Peter Charles) cometiendo también un derribo en el recorrido inicial y tanto Álvarez Aznar como Stout siendo más rápidos pero menos precisos en la segunda manga, la victoria en el Gran Premio de Gijón del 2018 fue para otro de esos jinetes de chaqueta verde que esta pasada semana nos hicieron recordar los triunfos de Paul Darragh, el irlandés, Richard Howley. Un jinete que está lejos de la élite mundial pero refleja muy bien tanto el espíritu competitivo de los representantes de su país como el estado actual del concurso gijonés, en cuya prueba principal hace tiempo que no se impone uno de los grandes de la hípica internacional.

De todas formas, como cada vez que en cualquier ámbito de la vida se anuncian cambios en el horizonte, hay esperanzas de que lleguen tiempos mejores. En el 2019 el concurso de Gijón iniciará una nueva etapa bajo la gestión totalmente privada de la empresa ‘in2strides’. En sus manos está el cambiar la tendencia y volver a apostar (¡nunca mejor dicho!) por la calidad en lugar de por la cantidad. Lo de menos es que el concurso sea CSI o CSIO, que tenga o no tenga Copa de Naciones, que estén representados no se cuantos países. Lo importante es que vuelva a atraer a alguno de los mejores jinetes con alguno de sus mejores caballos. Y aunque teniendo el éxito de público asegurado, por aquello de que en el verano de Gijón ‘al hípico hay que ir’, puedan tener la tentación de no complicarse la vida y dejar las cosas como están, lo que nos gustaría es que sean lo suficientemente valientes (o tengan la visión de negocio necesaria) para mirar más allá de esas tribunas llenas de un público ruidoso y apostador. A ese tipo de público ya se lo ha ganado Las Mestas con sus instalaciones cada vez mejores y su situación en el calendario festivo de la ciudad. Pero de esa cantidad de espectadores pueden surgir además otros que estén dispuestos a llenar también las tribunas en más eventos hípicos a lo largo del año por el simple hecho de que les acabe gustando lo que ven en la pista.

Algunos nos enganchamos así, acompañando de pequeños a nuestros padres sin saber muy bien a lo que íbamos, pero empezando pronto a apreciar y a entender aquel deporte tan diferente y tan fascinante. Con su estética tan particular y tan hermosa. Con su colorido y su tradición. Con esa elegancia de otros tiempos, hecha de ceñidas chaquetillas rojas, de impolutos y ajustados pantalones blancos, de multicolores escarapelas que adornan las crines del caballo ganador mientras parece bailar al son de la marcha Radetzky. En estos cuarenta y cinco años que han pasado desde entonces los colores de los uniformes sean cada vez más variados, los livianos casquetes cubiertos de terciopelo se hayan convertido en sofisticados cascos de kevlar y los intereses comerciales hayan llenado de apellidos publicitarios los nombres de los caballos impresos en el programa de mano. Pero la esencia sigue siendo la mismao. Por eso seguimos acudiendo cada verano a Las Mestas. Lo hacemos para disfrutar aunque sea sólo de uno o dos de esos recorridos tan difíciles de conseguir, en los que la conjunción entre caballo y jinete es poco menos que mágica mientras ambos se deslizan con rapidez y elegancia sobre el verde tapiz de hierba, superando una tras otro todos los obstáculos del intrincado recorrido hasta cruzar con un último galope la invisible línea de llegada, envueltos en los vítores de una afición que ama a su hípico, sea por las razones que sea.