Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean

LOS COLORES DEL TOUR

Una visión personal de la prueba ciclista más universal

Ya estamos en el mes de julio. Para muchos, el mes de las vacaciones. Para los amantes del ciclismo, el mes del Tour. La histórica vuelta a Francia, la ‘Gran Ronda Gala’ que dicen algunos, la ‘Grande Boucle’ que la llaman por allí. Una carrera única cada año por mucho que lleve disputadas más de un centenar ediciones. Una competición que transciende el deporte para convertirse en acontecimiento popular allá por dónde pasa a lo largo de las tres semanas en que recorre buena parte del territorio francés, llenando sus carreteras con los mil tonos de esa ‘serpiente multicolor’ a la que alguien asemejó, hace mucho, al estirado grupo formado por sus participantes.

Multicolor es, en efecto, ese variopinto 'pelotón' formado por los ‘esforzados de la ruta’, otro tópico mil veces repetido pero no por ello menos acertado para definir a esos hombres que se enfrentan a cada etapa, sea de llano o montaña, corta o larga, de transición o reina. El colorido de los maillots de sus equipos, con diseños cada vez más complejos a medida que han ido avanzando las técnicas de estampado y cambiando las modas, hace tiempo que ha perdido la sencillez de los viejos tiempos. Atrás quedó la clásica simpleza del celeste y blanco de los Bianchi, el marrón cafetero de los Molteni, el rojigualda con toques de negro de los Ti-Raleigh, el naranja tan distintivo de los Bic o el inolvidable azul y amarillo de los KAS. A cambio, el efecto de caleidoscopio que produce su movimiento sobre el asfalto se ha visto multiplicado por los nuevos tejidos, de tonos más vivos y brillantes, entre los que todos los ojos de los espectadores que siguen la carrera, sea a pie de cuneta o desde la distancia de la televisión, buscan siempre a los portadores de las prendas que distinguen a los líderes de las diferentes clasificaciones. Cuatro maillots que sueñan con vestir al menos un día todos los ciclistas que toman la salida en cada edición de la prueba.

El verde, el color que distingue al más rápido entre los más rápidos, al mejor de los sprinters aunque, en realidad, su fin último sea el de premiar la regularidad a base de otorgar puntos en función de las posiciones ocupadas por cada corredor al cruzar la línea de meta en las diferentes etapas. Pero, con el mayor peso en su valoración otorgado a las etapas llanas, hace tiempo que se ha convertido en la prenda asociada al más veloz, al más valiente (¡o más temerario!) en esos últimos metros con los que se suele poner fin, de modo frenético, a las etapas en apariencia más plácidas. Largas jornadas que discurren por verdes llanuras, en las que el implacable pelotón controla sin piedad al grupo de aventureros que cada día intentan lo imposible: sorprender con una lejana fuga que les permita llegar a meta antes de ser alcanzados por la avalancha que se desencadena tras ellos en los kilómetros finales.

El blanco, el color de la pureza, que identifica en el Tour al mejor joven, no sé si por mera casualidad o por aquello de que en los jóvenes anidan los corazones más limpios y llenos de ideales. Una prenda del color de la luna llena, que augura noches en blanco celebrando éxitos, lleno como está su significado de promesas de futuro. Un maillot qué otorga a su portador la que tal vez sea su primera recompensa de importancia en el duro campo profesional, la primera línea escrita en la hoja en blanco de un palmarés que espera llenar de triunfos.

El de lunares rojos, de diseño tan flamenco que casi se podría pensar fue hecho así en homenaje a los ciclistas españoles, por ser la montaña el escenario principal en el que destacaban y estar asociado nuestro país en el tópico turístico al folclore de cuyas bailarinas es indumentaria habitual. Sin embargo, su origen no puede ser más diferente, ya que se creó a mediados de los setenta como homenaje a un antiguo ‘pistard’ galo, Henri Lemoine, que vestía tan curioso atuendo en los años cuarenta, inspirado, al parecer, por los utilizados por los jinetes en los hipódromos. Lo cual no deja de ser apropiado, ya que el maillot de puntos rojos suele acabar en las espaldas de ligeros ‘jockeys’ que protagonizan largas cabalgadas en busca de los puntos que se asignan por coronar en las primeras posiciones las más altas cimas y, también, las pequeñas ‘tachuelas’ que jalonan el recorrido a través del extenso pentágono galo.

Y, naturalmente, el amarillo, el color del líder, del triunfo, la prenda más preciada del ciclismo mundial. La que en los setenta lucía las iniciales manuscritas de Henri Desgrange. La que ahora lleva en su lugar un más prosaico logo. La que, lleve lo que lleve bordado o estampado, sea de basto punto, suave algodón o sofisticado tejido sintético, significa que quien la viste es, aunque sólo sea por unas horas, el líder del pelotón. Una prenda que llena a su poseedor de orgullo y a sus rivales de respeto. Da igual que la porte el llaneador o el sprinter que lidera en las primeras etapas, aunque sepa que va a ser un logro efímero. O el gregario que la consigue en una escapada sorpresa y espera conservarla durante unas cuantas jornadas aunque sabe que, más pronto que tarde, va a perderla. O el campeón, que la alcanza después de una contrarreloj en la que rompe el crono o tras un imparable demarraje cuesta arriba que deja tirados a sus más duros rivales y le otorga esa ventaja decisiva que le llevará a la victoria final.

Al fin y al cabo, se trata de una versión moderna de la túnica dorada que distinguía al más poderoso. En su vivo amarillo están los reflejos del preciado oro, del sol de verano más intenso, de las flores más llamativas. Todo ello sin ese halo de superstición y negatividad que se le asocia en el teatro. Al contrario, en el ciclismo ese amarillo resplandeciente del maillot del líder del Tour es el color que todos quieren vestir. Y también el más distintivo, por mucho que en las otras grandes vueltas (con más tradición en el también clasiquísimo ‘rosa’ del Giro, con intención de crearla en el reciente ‘rojo’ de la Vuelta) se utilicen tonos diferentes para distinguir al hombre a batir cada día y al que acaba subiendo a lo más alto del podio al término de tres semanas de dura lucha. Un largo viaje cuyo colofón es una etapa final con más pretensiones de desfile que de competición, más allá de la postrera pelea entre los sprinters por conseguir la última y preciada victoria parcial.

Ahí también el Tour juega con ventaja, porque además de todo lo anterior está París. La ciudad de la luz, del amor, de los artistas y de todos los tópicos imaginables. No puede haber mejor escenario. Los Campos Eliseos convertidos en la avenida del Tour de Francia. El Arco de Triunfo como majestuoso fondo al podio final. Un podio sobre el que Perico Delgado, cuando le hicieron una vez más ‘esa pregunta’, la que tantas veces hacen, nos hacemos, los que sólo podremos soñar con vivir ese momento (¿qué se siente cuando estás ahí arriba, vestido con el maillot amarillo?) respondió, tras unos segundos pensativo, con un sencillo “¡flotas!”. Y aunque no lo vaya experimentar nunca en persona me imagino perfectamente esa sensación de ligereza, de elevarse sobre todo y sobre todos, de ver el mundo desde su cima. Una sensación que debe ser lo más parecido a la felicidad total, esa que dura un instante perfecto y que, en el mundo tan lleno de colores del Tour, es de un deslumbrante amarillo.