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Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean

¡¡¡GRACIAS ÁNGEL!!!

El día en el que mi ídolo se hizo aun más grande

Dicen que nunca debes llegar a conocer en persona a uno de tus ídolos de juventud porque lo más probable es que te decepcione o, directamente, su mito se derrumbe ante la cruda realidad, que rara vez está a la altura de las leyendas. Si, además, alguno que ha tenido ocasión de tratar con él te hace advertencias del tipo de ‘es un poco borde’ o ‘es bastante cascarrabias’, tus miedos se acrecientan y casi prefieres dejar pasar la ocasión y mantener intacta la imagen que tienes de él.


Pero, por fortuna, en aquel día de finales de octubre del 2010, en el circuito del Jarama, no les hice caso… o, en realidad, a quien hice caso fue a mi amiga Lucia, que me animó a vencer mis miedos, y al niño que aun quedaba dentro de mis entonces cuarenta y muchos años y a quien le hacía mucha ilusión aquello. Así que, tímido cómo soy para estas cosas, me armé de valor y me acerqué a mi ídolo de cuando era un crío, primero, y un adolescente después: Ángel Nieto.


Cómo pude, me abrí paso entre la cantidad de aficionados que le pedían autógrafos y querían fotografiarse con él en aquella primera edición del ‘Jarama Vintage’, en la que era, cómo siempre que aparecía en público, uno de los personajes más solicitados por los fans. Esperé, paciente, a tener un instante para dirigirme a él, y cuando por fin tuve ocasión de hablarle, me presenté brevemente y le pregunté si al final del día podría dedicarnos unos minutos para grabarle una entrevista. Se mostró amable pero no me prometió nada, su respuesta fue algo así cómo “volved luego y ya vemos que podemos hacer”.


El resto del día fue de mucho trajín, con todo el trabajo que teníamos previsto aquel fin de semana en el que grabábamos en el circuito madrileño un programa especial sobre la Mini Challenge para nuestro ‘Sobre Ruedas’ semanal en el Canal 10 de Gijón. Al terminar la tarea ya casi no quedaba nadie en el paddock del Jarama pero, para mi sorpresa, no muy lejos del box en el que habíamos montado el improvisado estudio en el que hicimos el programa, veía a Ángel Nieto charlando y haciéndose fotos con un pequeño grupo de aficionados que aun no se habían marchado. ¡Era ahora o nunca! Volvía rápidamente a dónde había dejado mi carpeta, en la que guardaba unas viejas y mil veces leídas y manoseadas ‘Solo Moto’ de principios de los 80, cogía las revistas y me volvía a armar de valor para tratar de conseguir que mi ídolo me las firmase y, además, accediese a esa entrevista que tantísima ilusión me hacía grabar con él.


Cuando llegaba a su lado, notaba que estaba ya visiblemente cansado y con indudables ganas de acabar de una vez y marcharse de allí. La fama agota, dicen, y ha de ser cierto, porque tener que estar, durante horas y horas, sonriente y dispuesto para hablar con cualquiera que se dirija a ti sin conocerte de nada, posar con quien quiera que te pida una foto y firmar mil y un autógrafos, tiene que acabar aburriendo al más paciente. De hecho, mientras esperaba a que se hiciese una última foto con unos entusiastas aficionados italianos, estaba convencido de que lo de la entrevista iba a ser imposible. Y, es más, lo entendía. Qué se hubiese negado a hacerla no habría hecho disminuir en nada mi admiración por aquel hombre al que tantas veces había visto por televisión y ahora estaba a un metro de mí, mostrándose cómo lo que era, una persona normal, agotada después de una larga jornada y deseando irse a su casa.


Sin embargo, Ángel no sólo me firmaba las portadas de las dos ‘Solo Moto’ en las que era imagen principal, una a lomos de la Minarelli que le llevó al décimo título mundial, otra sobre aquella Suzuki 500 que le prestó su amigo ‘Lucky’ y con la que nos había hecho soñar en una carrera de exhibición en esa misma pista en la que estábamos. “Ya tienen sus años estas revistas” me dijo, o algo así. Y no sé si por resultarle curioso que alguien de mi edad aun las conservase o por verme tan tímido y apocado pero, a la vez, tan ilusionado, contesto “vale, pero sólo cinco minutos” cuando le volví a proponer lo de la entrevista. Sin saber cómo, un minuto después estaba subido a su lado en el pequeño ‘Smart’ que usaba para moverse por el ‘paddock’, indicándole a dónde tenía que dirigirse para llegar a nuestro improvisado estudio.

Al final, los cinco minutos de entrevista acabaron siendo casi diez… y hubiesen sido más, porque quería preguntarle tantas cosas que habría podido seguir allí, micro en mano, hablando con él, durante horas. Pero no quería abusar de mi suerte. Tras disculparme, cómo asturiano, por esa enorme injusticia que fue no concederle el Premio Príncipe de Asturias del Deporte, pusimos fin a la grabación, después de la cual todavía estuvo un rato más con nosotros, cansado pero amable, haciéndose fotos con todos los que allí estábamos y dejándonos con esa sensación que tienes cuando está ante alguien que posée eso tan intangible y, a la vez, tan obvio cuando lo ves delante, que es el carisma. El encuentro con mi ídolo de juventud no me había decepcionado en absoluto, al contrario, su figura se había agrandado aun más, mi respeto hacía su persona se unía ahora a la admiración que siempre había sentido hacía el deportista.


Por eso escribo ahora estas líneas, con los ojos algo húmedos y una extraña sensación de vacío en mi corazón, recién conocida la triste noticia de su injusta partida de este mundo, antes de tiempo a causa de un banal accidente de tráfico, en un cruel destino similar al que se llevó hace tiempo a otro de los grandes, Mike ‘The Bike’ Hailwood. Las escribo para darle las gracias. Gracias por aquellos cinco minutos (¡que luego fueron quince o veinte!) que no tenía porque habernos dedicado. Y para dale las gracias por las tantas y tantas horas de emociones y de alegrías que nos brindó durante sus años de piloto. Aquellos años en los que devoraba cada línea que sobre sus hazañas escribían Juan Porcar, Dennis Noyes o Jaime Alguersuari en esos 'Solo Moto' que aun conservo. Años en los que no me perdía una carrera, aunque ello significase tener broncas con mi abuela, que insistía en que la acompañase a misa de 12 cuando iba a empezar la retransmisión por la tele de un Gran Premio desde la catedral de Assen, el rapidísimo Silverstone, el muy peligroso Rijeka o nuestro querido Jarama. Ese mismo Jarama en el que se había cerrado el círculo tantos años después, convirtiendo en realidad algo que, entonces, cuando le veía remontar a lomos de aquella Minarelli amarilla y verde, o de la Garelli ‘rossonera’, para ganar siempre en la última curva de la última vuelta, no hubiera siquiera imaginado que ocurriría… ¡hacerle una entrevista a Ángel Nieto!… ¡GRACIAS ÁNGEL!


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